Descubro, via mi Reader, esta pequeña maravilla de noticia en Radiocable.com con la opinión de Hans Kellner, corresponsal de Deutschlandfunk, sobre la reforma laboral y que se extracta con la frase en la cultura empresarial española, la experiencia no vale nada. Sobre el papel de los trabajadores en la reforma laboral, no voy a hablar, porque creo que con lo que comenté hace poquito, es más que suficiente, excepto un pequeño matiz que el otro día no incluí.
Y, sinceramente, creo que tiene razón. Durante los últimos años hemos asistido a una vorágine de fuga de talentos en numerosos sectores que requerían de cambios urgentes en su forma de entender la vida. Industria y servicios han sufrido una constante de abaratamiento de costes por la vía más rápida y sencilla: prejubilaciones, principalmente. Y es que, por ejemplo, en la banca se ha estado prejubilando a personas a los 50 años con el objetivo de amortizar puestos por un lado (normalmente en el backoffice más cercano al cliente, esto es, en sucursales), otras veces motivada por el gran número de sucursales bancarias existentes que entorpecían las fusiones o porque se pretendía contratar a un profesional con menor experiencia y mayor flexibilidad tanto personal como profesional.
Esto ha conllevado que en lugar de plantearse una reconsideración de procesos para hacerlos más eficientes y rentables (esto conlleva también un coste, no sólo en forma de inversión financiera, sino temporal) se optara por la solución más sencilla: prescindir de gente con experiencia. El principal problema que esto genera es que gente que conoce la empresa y sus procesos se queda fuera de la misma, sin la posibilidad de poder participar aportando sus propias experiencias en la gestión del día a día de la empresa. Y esta es una lacra de nuestro país: el cortoplacismo. Durante la época de las vacas gordas se ha primado el beneficio (y su reparto) frente a la inversión, la venta frente a la mejora de procesos comerciales y de atención al cliente, los complementos salariales a mandos intermedios frente a la participación (aunque fuera mínima) de los trabajadores en el beneficio, el ser despiadado frente a la prudencia.
Y esa cultura es algo que ha de cambiar más pronto que deprisa. Nuestros empresarios no pueden despreciar ese talento que se ha ido acumulando. Y es que los gestores de empresa han de tener en cuenta que el trabajador al final es un socio, como comentaba Gerardo Gutiérrez en el anterior Iniciador Valladolid. Y cuando a los trabajadores se les implica en el día a día de la empresa, las cosas funcionan mejor, porque quien está al pie del cañón es quien puede (siempre que tenga espíritu constructivo) decir si una decisión puede ser acertada o no, o cómo puede afectarle un cambio de proceso, pero con un cierto tiempo de antelación, no si se le hace saber de la noche a la mañana, como sucede en muchas grandes empresas, donde la decisión está tomada de antemano pero no se hace llegar a mandos intermedios ni a los curritos hasta el último suspiro.
No obstante, también la filosofía del trabajo ha de cambiar. No sólo la empresarial, sino también la nuestra propia, la de los trabajadores (yo, al fin y al cabo, como emprendedor lo soy también, y lo he sido durante unos cuantos años hasta ahora). El otro día me comentaban que la filosofía que existe en Valladolid es muy de funcionarios, pero no sólo en la función pública sino también en la empresa: la gente cumple con su horario, sea como sea, y si es necesario arrimar el hombro que venga otro y lo haga o ya se hará mañana (mal éste que hay en muchos otros sitios). Aquí habría que plantear, como posible solución para mejorar la productividad, una racionalización de horarios: no es normal que las jornadas de trabajo sean maratonianas pero empezando a las 9 ó las 10 de la mañana hasta las 2 ó las 3 de la tarde, parar dos o tres horas para comer y luego seguir hasta que el cuerpo aguante (normalmente las 8 de la tarde). Esto es, si tuviéramos una jornada laboral más racional (empezando a las 8 de la mañana y finalizando a las 5 de la tarde con media hora para comer y las tardes del viernes libres), ¿estaríais de acuerdo? Y si aun así, no estáis de acuerdo, quizá deberíamos saber todos que la jornada laboral que tenemos ahora no es un invento español, sino más bien una necesidad que hubo en la posguerra.
Igual así también tendríamos más ocio y posibilidades de conciliar la vida familiar y la laboral.




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