Hoy toca entrada introspectiva, sobre mí mismo.¿Por qué? Pues porque aunque trate los temas que trato (política, 2.0, algo de economía, la actualidad de Valladolid), también hay veces en las que uno necesita dar salida a determinadas cosas. Algunas incluso muy personales. Y que también hacen reflexionar.
Hace poco una buena amiga me dijo que los hombres a esta edad pasamos una grave crisis a esta edad. Dejamos de ser adolescentes y pasamos a ser algo parecido a adultos. Y puede que sea verdad. Pero, ¿y si aún se sigue anclado en la niñez y se pretende vivir en ella?
No, no os penséis que estoy hablando de seguir siendo un niño, sin responsabilidades, echando de menos un tiempo que ya pasó hace mucho, mucho tiempo. Me refiero a la ilusión, a la capacidad de obviar lo malo, a que cada día se puede aprender algo nuevo. Y, sobre todo, a que nadie nos va a juzgar por lo que hacemos. Y lo desarrollo al revés con unas pinceladas.
Nadie debería juzgarnos porque queramos tener ambición, porque queramos hacer cambios en nuestras vidas, profesionales, personales, familiares, etc. Cuando eres niño, nadie te juzga, todas tus acciones se justifican con un “déjale es un niño”. Sin embargo, al pasar la adolescencia, todo el mundo se siente con derecho y en la obligación de decirte qué has de hacer. Nuestros padres han tomado sus decisiones y no estábamos ahí para juzgarlas, y tampoco podemos hacerlo. La situación suya es diferente a la nuestra, y en cada época sucederá lo mismo. Mis padres iban a guateques, yo voy a bares. Ellos no podían afiliarse a un partido político sin sufrir represalias, yo lo estoy y quiero que esto siga siendo así.
Mucha gente sufre la crisis a esta edad por un hastío de información; directamente dejan de procesar información y consideran que sus vidas son suficientemente estables como para no ver más allá de sus propias narices. Pero siempre hemos de informarnos, porque la información también nos enseña. Y nos enseña cosas que no sabemos, nos enseña a respetar, nos enseña a ver nuevos horizontes, tanto en lo personal, como en lo profesional. Nuevas ideas que pueden hacer el mundo mejor. Nuevas ideas que nos pueden ayudar a evitar un mundo peor. Aprendiendo además podemos enseñar, porque siempre habrá alguien que nos haya enseñado. Y para el futuro, enseñar aprendiendo puede ser una buena lección.
También muchas veces a estas edades nos obcecamos en sólo ver lo malo, sin ver todo lo bueno que hay a nuestro alrededor. Como digo muchas veces, la paella siempre está mejor fuera de casa. Pero no siempre es así. Muchas veces hemos de pulsar el botón de reset para poder reiniciar el sistema y conseguir dejar atrás muchas cosas malas que hemos vivido, pero sin cambiar de ambientes, sin cambiar de gente, sin cambiar de ideas. Porque si hemos llegado hasta donde estamos es por esa gente que nos rodea, por esos ambientes en los que nos sentimos cómodos, por esas ideas que nos permiten ser similares a mucha gente, pero diferentes en los planteamientos. Como digo aquí, las opiniones son como los culos: todos tenemos uno, pero todos son diferentes unos de los otros, aunque puedan algunos parecer iguales.
Y por último, todo esto de la niñez me lleva a la ilusión. Si perdemos la ilusión, sólo veremos cosas negativas a nuestro alrededor. Si perdemos la ilusión, no tendremos cabeza para aprender. Y si perdemos la ilusión, probablemente dejemos de hacer muchas cosas porque alguien pueda juzgarnos. Y estando como está el patio, creo que no podemos más que seguir teniendo ilusión. Porque la ilusión es contagiosa. Y la ilusión ha movido (para bien y para mal) este mundo. Y las ilusiones muchas veces son sueños, pero en nuestra mano está poner todo de nuestra parte para que esos sueños se hagan realidad.




