Últimamente cada vez que voy al pueblo (sí, ése de la Tierra de Campos zamorana en el que apenas hay cobertura de móvil, pero sí wifi en uno de los bares) siempre me encuentro alguien que me espeta el tan consabido tú siempre estás en el feisbuc o el es que me llenas la página de inicio o, el aún peor, te he borrado porque eres un plasta.
Quizá nuestras abyectas y latinas mentes no alcancen a comprender el alcance de estas palabras en un ámbito anglosajón pero he de reconocer que, hasta cierto punto, me ofenden.
Me ofenden no por mí, sino porque estamos perdiendo oportunidades. Ojo, no creo que la famosa Ley de los Seis Grados sea una verdad universal (explícaselo tú eso a un paisanín de las profundidades de Castilla, Galicia o Asturias, por poner un ejemplo), pero sí creo en las sociedades abiertas, en las que cualquier persona nueva es una oportunidad. Una oportunidad de tener un contacto para un posible trabajo; una oportunidad de tener a una persona que, cuando lo necesites, te puede echar una mano en un atolladero, o la oportunidad simplemente de conocer gente.
Y es que frente a la apertura de mucha gente con redes sociales en las que se interactúa con los demás (de hecho, el principal uso que doy a mi twitter, facebook y tumblr es el político – después de hacer el cafre, por supuesto), tenemos la típica desconfianza a lo nuevo que hay instalada en mucha parte de nuestra sociedad. Esto es para frikis o seguro que el que uses tanto esto es una enfermedad, quizá lo hemos oído todos, por no hablar del sensacionalismo que últimamente acompaña a la prensa en sus titulares: La chica desaparecida había quedado a través del chat, los jóvenes aprovechan las redes sociales para quedar a beber, etc (bueno, esto último es verdad).
Y el hecho de no abrirnos al mundo por ese miedo a lo nuevo, a lo desconocido, de no estar en contacto con cada vez más gente nos hace en realidad más pobres. Más pobres porque no conocemos otras ideas (algo fundamental para todo, y más en política), porque corremos el riesgo de quedarnos atrás y no recuperar el tiempo perdido (el famoso que inventen otros que siempre se ha oído por estos lares) o porque, simplemente, no tenemos una válvula de escape que nos sirva para expresarnos como realmente somos, para ver que siempre hay alguien para darnos una palmadita en la chepa cuando lo necesitamos o para decirnos que somos gilipollas.
Y todo esto no se hace desde el anonimato. Se hace desde una cosa que se está empezando a llamar identidad digital y que, igual que nuestra identidad real, nos dice qué somos, qué hacemos, qué pensamos y cómo avanzamos en nuestras vidas. Y, no, no os penséis que estas cosas son de frikis; las empresas las usan, los partidos políticos lo están usando cada vez mejor y con más o menos éxito, los periódicos en su día a día y, al final, todos tendremos nuestra identidad digital, que se aproximará más y más a la real.
Os puedo asegurar que mi identidad (la única, es decir, yo mismo) la intento plasmar día a día allá donde voy o estoy.
Y si soy pesado en las redes sociales, lo siento, pero soy así también en la vida real (bueno, en Facebook hay cosas que no todo el mundo ve, jejejejej).

Fusilado del blog de Alfonso Alcántara (Yoriento.com) y de Mauro Entrialgo (previamente)





