Pues sí, señoras, señores, niños, niñas y demás seres de buen guardar. Me harta bastante el hecho de que las cosas se tengan que hacer sin insultar ni menospreciar a nadie. No puedes hacer un chiste sobre alguien famoso sin que uno de sus fanboys venga a decirte que no tienes razón y automáticamente te prive de tu derecho a réplica o dar una explicación mediamente convincente.
No puedes hablar de ningún tema siendo mínimamente capcioso porque alguien se va a enfadar mucho y te va a hacer pimpan en el culete. Me infla las pelotas ver anuncios de higiene íntima en los que parece que ser mujer y tener la menstruación es una experiencia cercana a los orgasmos las visiones de Santa Teresa de Jesús o de niños haciendo caquita y pipí cuando un sus jiñotes apestan como si el mismo Belcebú te hubiera eructado en la misma jeta. Coño, que un negro es negro; ¿yo que soy, transparente?
Me toca el cimbrel ver a periodistas haciendo entrevistas que parecen sexo oral, entrevistas en las que el entrevistado (político, famoso, petardo) responde únicamente a lo que está pactado (ojo, el problema no son los periodistas, sino quienes dirigen los medios, y aún así no todos). Y me lo toca más todavía la indignación de algunos famosetes abandonando los platós cuando les hablan de temas incómodos. Me infla las pelotas sobremanera que la gente se indigne con cosas que carecen de la más mínima importancia.
No sigo porque si sigo no acabo. Seguro que se os ocurren mil ejemplos. Al final voy a acabar reclamando el humor de Arévalo o Marianico el Corto como algo transgresor e inteligente.
Ah, y que hablen de potorros y pollones en los anuncios de condones.
Y sí, sé lo que pone en Esteban (yo, vamos). Lo escribí yo. ¿Pero no os harta tanto buenrollismo innecesario? ¿O será que tenemos perdido el sentido del humor?





